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El viaje

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Página 1 El Viaje. Un drama onírico Ominoso. Esa es la sensación que se transmite desde las nubes bajas, preñadas de un anaranjado enfermizo.

Algunos pocos pájaros surcan el firmamento en busca de refugio ante la tempestad en ciernes. En el oeste, el viento arremolina nubes y genera contrastes dramáticos, blancos níveos, grises y amarillos incandescentes. La oscuridad avanza incipiente desde el este.

Del atardecer va quedando solo el curioso recuerdo de un cielo rojo sangre y del sol encarnado hundiéndose, irremediablemente, en el horizonte. Lentamente se extingue un día inusitadamente largo. Un día para el olvido.

Martín conduce monótonamente en la ruta asfaltada. Luce como una cinta suavemente luminiscente bajo los últimos jirones de la luz del atardecer. La marca de la civilización en lo agreste de los alrededores, se interna sin interrupciones en la incipiente oscuridad de la lejanía.

Página 2 El Viaje. Un drama onírico Un rictus severo curva notablemente sus labios. No es el agotamiento la causa del sombrío humor de Martín, que va amalgamándose más y más con el entorno aciago.

Mientras la oscuridad sigue avanzando hambrienta sobre el paisaje, él se adentra en la negrura de sus propios pensamientos. Avanza lentamente el tiempo y los kilómetros pasan rutinarios. Interminables, ... more. less.

en la uniformidad de la llanura en penumbras por donde se extiende el camino.<br><br> El conductor y el vehículo forman una unidad funcional notablemente estática. Esta inmovilidad vertiginosa, exiguamente iluminada por la tenue luz del panel de instrumentos, compone una imagen única y hasta surrealista. Cada tanto un par de luces se deslizan raudas en la penumbra del carril contrario.<br><br> Martín, más allá del leve ajuste de sus pupilas al resplandor, no es consciente de ellas. Su mente está cansada de recibir tantos estímulos y simplemente no reacciona como normalmente lo haría. El alternar de los segmentos blancos de la señalización de la ruta es hipnotizante.<br><br> Van rotulando con regular simetría la frontera entre la cordura respetuosa de las reglas y la locura de una muerte probable a manos del destino. Está jugando una ruleta rusa donde las balas están vivas. Ahora, la noche sin luna es una dama vestida con sus mejores galas para el acontecimiento.<br><br> Su gélida belleza de ébano, especialmente sobrecogedora, seduce lentamente a su espectador. Martín ni siquiera presenta un reto, solo se deja envolver mansamente, sin resistencia, por esos suaves velos encantados. Son de un negro profundo, a veces incrustado de innumerables llamas vacilantes.<br><br> Diamantes que vierten, eternos, su halo indescifrable sobre la existencia fútil de criaturas transitorias, elementales, frente a tanta magnificencia. Y Martín va. Va así, abstraído, con su amante sin edad prodigándole caricias cómplices en la intimidad de su transporte.<br><br> Avanza rugiendo vertiginoso a la nada. Su perfil aguileño luce recio recortado contra la oscuridad por el resplandor tenue que emana de la máquina. Los profundos surcos que se marcan en su frente delatan sus insondables cavilaciones.<br><br> Va así, en su automóvil, hendiendo presuroso la negra inmensidad desolada. El siseo constante del viento de la tormenta apaga todo otro sonido. No se escucha nada más.<br><br> Su mente danza en silencio, fascinada por su partenaire oscura y dominante. La maraña de sus pensamientos paulatinamente se Página 3 El Viaje. Un drama onírico despliega.<br><br> Pulsa, se expande, se contrae, muta como un ser vivo, entre ovillo y red, entre confusión y cordura, entre decepción y determinación. Y Martín va. Va así, enajenado, en sus disquisiciones interminables.<br><br> El rumbo de asfalto, ora apagado, ora fosforescente, marca inalterable el avance obligado del móvil. Pero Martín no tiene dudas de que viaja en un haz de luz. Los límites y las marcas nunca fueron detalles relevantes para él.<br><br> Las tinieblas se abren afables en gentil paso de baile ante su acceso. Se arremolina la señora negra, celosa, a su alrededor, arrullando en un abrazo sin fin al capitán, que firme va en el comando, perdido en sus reflexiones intrincadas. Y Martín piensa.<br><br> Piensa en cerrar círculos. Se identifica como un hombre estructurado y sabe que los círculos abiertos no le aportan sosiego. Más bien, el absoluto opuesto.<br><br> Su vida tal como la planeaba ha ido en una constante espiral descendente. La actualidad califica más como debacle que para proyecto. La inminencia del fracaso máximo hace tambalear por completo sus convicciones.<br><br> Siente que deberá modificar su visión de la vida, adaptarse a una nueva realidad que no ha sido elegida. Simplemente por la desastrosa combinación de responsabilidades propias y ajenas ha tenido lugar. Ha sido dada a luz, como un engendro indeseado.<br><br> El tantas veces ajeno debate sobre responsabilidades, prioridades, principios y miserias, es ahora propio. Se siente extraño sentado en el banquillo de los acusados, cuando tantas veces hizo de juez. Piensa que no es justo.<br><br> La sensación de frustración crece incontrolada en su pecho mientras los músculos de su cuello se tensan al punto de dificultar su respiración. Y por eso es vulnerable ahora. En esta hora extraña, su último muro de contención ha sido sobrepasado.<br><br> Martín acaba de tomar conciencia de ello. El monstruo, sin impedimento, irrumpió como un río desbordado. Está adentro y necesita ser repelido, replegado, ultimado si fuese posible.<br><br> La ofensiva arrecia, el peligro es claro y el desastre, inminente. Página 4 El Viaje. Un drama onírico El ulular del viento adquiere un tono mucho mas agudo mientras la batalla en la mente de Martín crece en dimensión y fragor.<br><br> Sentimientos de culpa atenazan sus pensamientos, está inmovilizado, ciego, anestesiado con el veneno de la bronca. Las imágenes de la felicidad perdida desfilan impiadosas en el escenario, ahora trágico, de su existencia. La razón no encuentra sitio para organizar la resistencia y es arrollada por las huestes del monstruo perverso.<br><br> La frustración, la decepción y la tristeza fieramente destrozan cuanto encuentran a su paso. La batalla no está siendo ganada. El desenlace se siente próximo.<br><br> Lágrimas profusas acuden en auxilio de heridos sentimientos y misericordiosamente limpian la sangre derramada por los que han muerto irremediablemente en tan dura causa. Las manos se crispan con desesperación ante el dolor infame y los nudillos, blancos por el esfuerzo sobre el manubrio, resaltan ligeramente. La voluntad de Martín fue feroz pero el agotamiento extremo mina sus reservas físicas ya debilitadas.<br><br> Ya nada importa. Y ella, la dama tenebrosa, asiste curiosa, impávida, a la desdicha de su acompañante. Sin embargo lo absolutamente inesperado sucede.<br><br> El tiempo se ralentiza progresivamente. Como si el universo fuera una simple peonza, pierde velocidad hasta casi detenerse por completo. Todo se mueve en cámara lenta ahora.<br><br> Martín asiste a este instante de éxtasis. Obliga a su conciencia a tomar distancia del caleidoscopio sangriento, a desplegarse y tornarse en intérprete del espacio y del momento. Página 5 El Viaje.<br><br> Un drama onírico Desde su nueva perspectiva ampliada siente que recupera la voluntad. Está seguro que ahora será más fácil retomar el control perdido. Decapitar al monstruo y componer este caos estremecedor.<br><br> Entonces se aboca por completo a seguir el curso de las acciones, que transcurren casi cuadro a cuadro, en lánguida sucesión. Su mente cognitiva las analiza en fino detalle, una a una. Nada se escapa a su escrutinio infinitesimal.<br><br> Todo podría arreglarse tan fácilmente ahora. Solo es necesario ordenar las secuencias, los cuadros. Revertir las acciones, enmendar los daños...<br><br> Súbitamente, Martín descubre con asombro que ya no es un solo Martín. Ante la espectacular revelación del desdoblamiento de su existencia. La batalla en sí, el escrutinio, el análisis, el orden y la voluntad de recuperar la realidad pierden trascendencia.<br><br> Quedan en un plano completamente relegado. Un pensamiento, que ni siquiera atina a discernir si es propio, lo hiere como un rayo: c¿Para que? d No sabe. Su novel versión exaltada escala más aún la proyección de su mente sintiendo ahora que sobrepasa los límites físicos de su contenedor humano.<br><br> Ha accedido a una nueva y fascinante independencia. Es absolutamente libre. La dama de negro, ahora en el cenit de su influencia subliminal, le sonríe seductoramente y le propone: cVolemos d.<br><br> Y Martín, que siente que todo lo puede, vuela. Página 6 El Viaje. Un drama onírico Vuela así, en las alas del viento, incorpóreo en un abrazo perpetuo con las tinieblas de la noche.<br><br> Todas sus preocupaciones parecen tan ajenas y terrenales. Se le hace casi imposible siquiera recordar. Si es que realmente existían.<br><br> Y menos aun, si tenían algo que ver con él. Ahora los diamantes desperdigados en el firmamento han cobrado vida y están aquí sobre su humanidad. Se alborotan iracundos y refulgen cegadoramente a su alrededor en una danza enloquecida.<br><br> Impiadosos, ardientes, pretenden incrustarse en su propia vestimenta, en su propio cuerpo, en su propia alma. Una cacofonía de chirridos de hierros retorcidos y miles de luciérnagas fugaces iluminan la noche. El estampido recurrente del bólido envuelto en un manto anaranjado incandescente, azotándose vez tras vez contra el suelo de la pista se va espaciando hasta detenerse por completo.<br><br> Un siseo siniestro empieza con un tono vehemente, se agudiza en su cenit y volviéndose ronco se apaga entre una agonía de gorgoteos casi humanos. Densas columnas de humo acre se elevan sobre la masa indefinible ahora, de lo que fue un automóvil. Un distante rumor de alas batiendo se extingue en la profundidad de las sombras.<br><br> Ahora el silencio impera, absoluto, en la llanura. Martín en su andar& ha muerto. Por Phoenix.<br><br> Todos los derechos reservados.

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